En las prolongaciones largas de la neurona, las dendritas, corretean constantemente pequeños mensajeros. Son moléculas de ARN mensajero que llevan instrucciones para fabricar proteínas. Su viaje comienza en el cuerpo celular y termina en las sinapsis, los contactos con otras neuronas. Se desplazan por los microtúbulos, como vagonetas sobre raíles, pero con una particularidad: pueden detenerse durante un buen rato y cambiar de dirección.
Los autores del trabajo presentaron este proceso como un juego con dos botones: «adelante» y «atrás». La probabilidad de pulsar uno u otro tras una parada define el carácter del movimiento. Si la molécula pulsa más a menudo «atrás», deambula largo tiempo al principio del camino, pero al final llega a todos los puntos terminales casi a la vez. Si, por el contrario, pulsa con terquedad «adelante», el tiempo de entrega crece casi linealmente con la distancia, como un repartidor que visita metódicamente a los destinatarios uno tras otro.
Este enfoque permite vislumbrar la logística de una célula viva. Resulta que, con solo cambiar la persistencia de las moléculas en una dirección, la neurona puede abastecer uniformemente todas las sinapsis con nuevas proteínas o reforzar selectivamente los contactos lejanos. Esto es importante para el aprendizaje y la memoria: es en las sinapsis donde se consolidan las nuevas conexiones. El modelo matemático ofrece una clave para entender cómo el caos molecular genera un orden preciso en el funcionamiento del cerebro.
Una neurona puede tener hasta diez mil sinapsis, y cada una compite por las moléculas de instrucción, como buzones que compiten por las cartas.
En la novela de Stanisław Lem «El invencible», los mecanismos microscópicos con comportamiento colectivo recuerdan a este transporte, solo que en lugar de una neurona hay un planeta entero.