Un agujero negro no permanece en silencio. Tras una perturbación, suena como una campana, y ese sonido son sus modos cuasinormales (oscilaciones amortiguadas). Los físicos se adentraron en el mundo de los agujeros negros cargados en el espacio anti-de Sitter (un universo con curvatura negativa, como una silla de montar). Los agujeros están envueltos en materia oscura, una sustancia invisible que no emite luz pero atrae gravitacionalmente.
La materia oscura actúa como un termostato. Cuando su parámetro (una medida de densidad) aumenta, la temperatura y la presión críticas del agujero negro se elevan, mientras que el radio crítico del horizonte (la frontera de la que no se puede escapar) disminuye. En otras palabras, la materia oscura hace que el agujero negro hierva a temperaturas más altas. A lo largo de las isobaras (líneas de presión constante) por debajo del punto crítico, los agujeros negros pequeños y grandes cantan de manera diferente. Sus modos cuasinormales divergen como dos trenes en un cambio de vías y cambian bruscamente de pendiente cerca de la transición de fase de primer orden (un cambio abrupto, como la fusión del hielo).
En el punto crítico, donde la diferencia entre un agujero pequeño y uno grande desaparece, todo es distinto. Las frecuencias de los modos cuasinormales cambian suavemente, sin saltos bruscos. La transición de fase de segundo orden no deja huella en el sonido. A lo largo de la curva de coexistencia, los agujeros pequeños y grandes conviven lado a lado, y sus voces se acercan. Esto ocurre a medida que la 'cola de golondrina' de la energía libre de Gibbs (una medida de la energía disponible) se contrae y desaparece en el punto crítico. La materia oscura no es solo un telón de fondo: desplaza toda la escena termodinámica y altera la acústica del agujero negro.
Los modos cuasinormales de los agujeros negros pueden compararse con una voz: cada agujero tiene su propio timbre y tiempo de amortiguamiento, y a través de ellos se puede conocer su masa y su carga.