El universo a veces recuerda a una tela vieja: tras un rápido enfriamiento pudieron quedar pliegues: hilos finos, casi invisibles, de densidad monstruosa. Se les llama cuerdas cósmicas. Normalmente, en el centro de una de estas cuerdas se esconde una singularidad: un punto donde las leyes de la física pierden su sentido. Pero los autores del trabajo tomaron otra variante: una cuerda sin punta, con un perfil suave. Se parece a la marca de un bolígrafo: la presión es más fuerte en el centro y más débil hacia los bordes.
En este universo de juguete (solo dos dimensiones espaciales más el tiempo) midieron la energía que el vacío acumula alrededor de la cuerda. Para ello tuvieron que reunir datos sobre cómo las ondas de un campo escalar (la forma más simple de materia) se dispersan en la inhomogeneidad del espacio. El cálculo combinó dos enfoques: el local, mediante la función de Green (que muestra cómo se propaga una perturbación desde un punto), y el global, mediante la función de Jost (que describe todo el panorama de la dispersión de manera integral).
La combinación de las descripciones local y global permitió restar cuidadosamente los infinitos que siempre aparecen en los problemas cuánticos. Quedó una contribución finita y físicamente significativa a la energía: aproximadamente 0,02 en unidades adimensionales para un perfil concreto. Es como medir la tensión de una película invisible que envuelve la cuerda.
Esta herramienta será útil cuando los físicos quieran comprobar si las cuerdas reliquia dejan huellas en el fondo de microondas o en las ondas gravitacionales. Por ahora es teoría pura, pero cada modelo calculado acerca el momento en que la marca del bolígrafo en la tela del espacio pueda distinguirse en datos reales.
Las cuerdas cósmicas, si existen, pueden ser más delgadas que un núcleo atómico, pero un kilómetro de ese hilo pesaría como una montaña entera.