Cuando inflas un globo demasiado rápido, sus paredes empiezan a vibrar. Algo parecido le ocurrió al espacio en los primeros instantes después del Big Bang: el universo se expandía a toda prisa y la propia trama del espacio se llenó de ondulaciones. Esas ondulaciones —las ondas gravitacionales— no solo viajan por el cosmos, sino que pueden interferir en el nacimiento de pequeños agujeros negros.
Normalmente, esos agujeros podrían formarse cuando, en un universo en expansión, surgía por azar una acumulación de energía especialmente densa. Pero los cálculos muestran que el temblor del espacio actúa como un viento en contra: frena la expansión justo donde la acumulación intenta convertirse en agujero. El proceso se asemeja a un sistema autorregulado: cuanto más se expande una región, más fuerte es la onda que la frena.
Este efecto cambia las reglas del juego para los teóricos. Antes, para obtener la cantidad deseada de agujeros negros, había que ajustar con mucha precisión los parámetros de la expansión —como sintonizar una radio, donde el más mínimo giro de la perilla te aleja de la emisora. Ahora, la propia naturaleza devuelve la perilla a su lugar, suavizando los picos. El ajuste fino, que parecía sospechoso, se vuelve mucho menos crítico.
Los pequeños agujeros negros de los que hablamos podrían tener el tamaño de un átomo, pero pesar como una montaña. Si uno de ellos atravesara la Tierra, dejaría un túnel más fino que un cabello humano.