Una bola de billar flota en el aire. Desde una cerbatana salen diminutos guisantes hacia ella. Cada golpe es apenas perceptible, pero si la bola es muy ligera y casi no vibra por el calor, se pueden distinguir los impactos individuales. Así es, más o menos, el experimento: una esfera de vidrio del tamaño de una bacteria levita en el vacío, y hacia ella se dirige un estrecho haz de átomos de xenón.
La esfera se enfría hasta su estado cuántico fundamental: su propia vibración casi se detiene. Los átomos de xenón se aceleran a velocidad supersónica y se emiten en ráfagas cortas, como una ráfaga de una marcadora de paintball. Cuando un átomo golpea la esfera, esta recibe un impulso de menos de 50 keV/c, algo así como si un mosquito empujara un balón de fútbol, pero miles de millones de veces más débil. El dispositivo detecta estos golpes con una confianza del 96%.
El principal logro fue distinguir los golpes del haz atómico de los impactos aleatorios de las moléculas de gas que quedan en la cámara de vacío. Es como escuchar un suave golpe en la puerta en medio del ruido de la calle. Ahora se puede estudiar cómo cambia la fuerza entre un átomo y una superficie cuando están casi en contacto. Además, estas esferas levitantes podrían convertirse en balanzas ultraprecisas para impactos individuales, por ejemplo, de partículas cósmicas o moléculas.
Así, la bola de billar se convierte en un micrófono que escucha caer una sola mota de polvo.
La esfera del experimento es mil millones de veces más ligera que un grano de arena, pero su posición se rastrea con precisión de fracciones de nanómetro, menos que el tamaño de un átomo.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano reacciona a las mínimas perturbaciones: las esferas levitantes también sienten el roce de un solo átomo.