La estrella que luego explotó como la supernova 1987A, veinte mil años antes de estallar, se puso un anillo de gas. No uno, sino tres. La luz de la estrella, al atravesar los anillos, se dispersaba como el haz de una linterna en la niebla. Para un observador situado exactamente en el plano del anillo ecuatorial, la estrella casi desaparecía: su brillo caía al cinco por ciento. Hoy, un evento así se llamaría «supernova fallida», una estrella que se atenúa pero no explota. Pero ella simplemente se escondió tras su propio anillo.
Tras unos miles de años, el anillo se volvió transparente y la estrella recuperó su brillo normal. Pero los astrónomos que buscan agujeros negros nacidos sin explosión podrían confundir ese oscurecimiento temporal con un colapso real. El trabajo muestra que algunas «supernovas fallidas» podrían ser simplemente estrellas jugando al escondite. Esto es importante para las estadísticas: si confundimos una cosa con otra, calculamos mal la frecuencia con que las estrellas masivas mueren sin explotar.
El anillo ecuatorial de la supernova 1987A se expande a 10.3 km/s, es decir, 30 veces más lento que la velocidad orbital de la Estación Espacial Internacional. En 20 000 años se ha hinchado hasta un radio de aproximadamente 1.5×$10^{18}$ cm, unas 100 veces la distancia del Sol a la Tierra.