El tiburón de Groenlandia lleva cuatro siglos nadando en aguas frías, y con cada año que pasa sus probabilidades de morir no suben, bajan. No es un milagro, sino el resultado de un compromiso evolutivo que hasta ahora se le escapaba a la teoría. Un organismo se parece a un presupuesto familiar que no se puede gastar dos veces: cada unidad de energía puede invertirse en reproducirse, en crecer o en reparar el cuerpo. La teoría clásica del soma desechable decía que, tras la madurez sexual, conviene gastarlo todo en la descendencia y que el cuerpo se vaya desgastando. Pero en las especies que crecen toda la vida esa cuenta no cuadra.
El modelo matemático muestra que, si el rendimiento de lo invertido en crecer o en reproducirse es decreciente, la evolución elige una estrategia de crecimiento continuo. El individuo sigue creciendo después de madurar, y la mortalidad primero baja con la edad. Este periodo de envejecimiento negativo aparece porque el crecimiento reduce la mortalidad más rápido de lo que la acumulación de daños la aumenta. En los ejemplos numéricos, la mortalidad cae entre un 20% y un 30% respecto al valor máximo.
La reparación del cuerpo aparece en la estrategia óptima solo si su rendimiento es decreciente o si lo es a la vez el del crecimiento y el de la reproducción. A diferencia de la teoría clásica del soma desechable, el crecimiento por sí solo puede reducir la mortalidad cuando los individuos más grandes llevan ventaja. Esto conecta dos fenómenos que antes iban por separado: el crecimiento ilimitado y la mejora de los indicadores vitales con la edad.
Ahora el panorama está más claro: el envejecimiento negativo no es una excepción exótica, sino el desenlace lógico de un compromiso evolutivo. El modelo ofrece predicciones comprobables para las especies de crecimiento ilimitado, por ejemplo para analizar datos demográficos de largo plazo. El tiburón de Groenlandia, que con la edad solo se hace más fuerte, resulta no ser una anomalía, sino una ilustración de la regla general.
El tiburón de Groenlandia puede vivir más de 400 años y su mortalidad, al parecer, no aumenta con la edad. El modelo predice que en estas especies el rendimiento de las inversiones en crecimiento o reproducción debe ser más decreciente que en las especies con envejecimiento clásico.
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