Un intérprete en una sala de audiencias debe transmitir cada palabra sin distraerse por el ruido ambiente. En el mundo cuántico, ese intérprete es un resonador superconductor que debe perder fotones siguiendo un horario estricto, sin desviarse por efectos extraños. Antes se usaba un bombeo de microondas, pero este mismo creaba interferencias, como si el intérprete comenzara a gritar las réplicas del público.
Ahora los científicos han encontrado una forma más silenciosa. En lugar del bombeo ruidoso, aplicaron un voltaje constante al circuito superconductor. Cuando un par de electrones (un par de Cooper) atraviesa la unión, libera una energía que puede ajustarse con precisión para que dos fotones del resonador de memoria se conviertan en un fotón en el resonador de búfer. El resonador de búfer pierde rápidamente ese fotón y el sistema alcanza el estado deseado.
El experimento mostró que el resonador pierde fotones en pares a una tasa de 0,51 MHz, y el tiempo de colapso del estado coherente fue de 50 nanosegundos. Esto significa que en dos microsegundos un par de fotones abandona el resonador, lo que es comparable con la vida media de un fotón individual en el mismo resonador (3,1 μs).
Este enfoque abre el camino hacia la estabilización de qubits de gato, necesarios para la corrección de errores cuánticos. Si antes el bombeo mismo generaba errores, ahora el voltaje constante actúa como un intérprete ideal: preciso, silencioso y sin palabras de más.
La tasa de disipación bifotónica de 0,51 MHz significa que un par de fotones abandona el resonador en 2 microsegundos, lo que es comparable con el tiempo de vida de un fotón individual en el mismo resonador (3,1 μs).
La idea de utilizar la disipación para estabilizar estados cuánticos recuerda al concepto del "demonio de Maxwell cuántico": en lugar de luchar contra las pérdidas, se las canaliza en la dirección deseada, como en la novela de Greg Egan "La ciudad de las permutaciones", donde los estados cuánticos se mantienen mediante un control activo del entorno.