El buscador de oro primero cierne la arena con un tamiz y va descartando la roca estéril. De forma parecida, los científicos decidieron buscar defectos útiles en el carburo de silicio, un cristal resistente que ya se usa en electrónica y que en el futuro quizá también se use en ordenadores cuánticos.
Un defecto es una alteración puntual del orden del cristal: o bien un hueco vacío donde falta un átomo, o bien un átomo ajeno en un sitio que no le corresponde. A veces estos defectos impiden que los dispositivos funcionen y otras veces, en cambio, se transforman en cúbits, celdas cuánticas de memoria. El problema es que hay miles de variantes de defectos y el cálculo exacto de cada una lleva mucho tiempo. Por eso hace falta un tamiz.
Antes parecía que no se podía prescindir del cálculo completo de la estructura del defecto. Ahora ha quedado claro que incluso sin cálculos complejos se pueden obtener estimaciones razonables. Este enfoque baja el umbral de entrada: no hace falta un enorme clúster de computación, basta con un ordenador normal con un modelo entrenado. El tamiz no sustituye la comprobación exacta, pero ahorra esfuerzo: los cálculos precisos quedan solo para los candidatos prometedores, y no para miles de variantes al azar.
En el 4H-SiC existen más de 200 politipos, pero es precisamente el 4H el que se usa en la mayoría de los dispositivos comerciales. Los defectos puntuales en él pueden emitir fotones individuales, lo que los convierte en candidatos para la criptografía cuántica.