
La teoría predijo las kilonovas en 1998, pero se observaron por primera vez en 2017, registrándose simultáneamente ondas gravitacionales del mismo evento.
El impacto genera una nube de núcleos atómicos superpesados que se desintegran rápidamente, brillando gracias a la radiactividad, como las brasas parpadeantes de una hoguera. Ese resplandor es lo que observan los astrónomos.
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