
El debate sobre la naturaleza de la luz se remonta al siglo XVII: Newton creía que la luz era una corriente de partículas, Huygens una onda. Hacia el siglo XIX, la teoría ondulatoria se impuso. Sin embargo, en 1905 Einstein, al explicar el efecto fotoeléctrico, introdujo la idea de los fotones, partículas de luz. En 1924, De Broglie postuló que, si la luz-onda mostraba propiedades de partícula, entonces los electrones-partícula debían tener también propiedades ondulatorias. En 1927, los experimentos de Davisson y Germer sobre la dispersión de electrones en cristales confirmaron su difracción. Desde entonces, la dualidad se reconoce como una característica universal de la materia.
Un electrón en vuelo puede compararse con una piedra lanzada a un estanque: la piedra es la partícula y las ondas concéntricas que se expanden son la onda. En el mundo cuántico estos dos aspectos son inseparables: cuanto más precisa es la determinación de la posición del electrón (propiedad corpuscular), menos definido está su momento (propiedad ondulatoria), y viceversa. El experimento de la doble rendija lo ilustra: sin detector, el electrón pasa por ambas rendijas a la vez y produce un patrón de interferencia; si colocamos un detector, el electrón elige una rendija y la interferencia desaparece.
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