Una cesta tejida mantiene su forma no porque tenga un armazón rígido, sino porque cada mimbre está entrelazado con los vecinos. Si sacas uno, el patrón se deshace. La mecánica cuántica, si hemos de creer en el nuevo trabajo, funciona igual: sus objetos elementales no existen por separado, sino solo en el entrelazamiento mutuo.
Antes, los físicos describían las partículas como ondas aisladas, y la interacción con el entorno se consideraba algo secundario. Pero el autor del artículo dice que una partícula siempre está inmersa en su entorno, y ese entorno no es ruido, sino parte de la propia partícula. Para describirlo, construye un nuevo espacio, el tangnet. Es una red donde los nodos son estados y los hilos entre ellos son entrelazamiento (un vínculo cuántico especial en el que dos partículas se comportan como una sola entidad). Aquí la distancia no se mide en metros, sino en fuerza de conexión. La celda elemental de esta red es el qubit: dos subsistemas tan íntimamente ligados que no tienen ni interior ni exterior.
Esta idea aún no tiene aplicaciones prácticas, pero podría ayudar a entender por qué nuestro mundo clásico parece estable, aunque esté hecho de ladrillos cuánticos. La cesta con la que empezaba este texto no tiene un centro ni un borde privilegiados. Así es el tangnet: no hay interior ni exterior, solo nodos e hilos.
El autor llama al nuevo espacio «tangnet» (del inglés tangle, enredar), subrayando que los enlaces entre los nodos de la retícula reflejan el entrelazamiento, no la distancia geométrica.