Como corredores en una larga distancia, los núcleos atómicos —desde el ligero helio hasta el pesado hierro— se precipitan hacia nosotros a través de toda la galaxia. En la meta, en el detector a bordo de un globo de gran altitud, se ve que los núcleos pesados llegan un poco más agotados que los ligeros. La diferencia es pequeña, pero se repite de un lanzamiento a otro.
Los científicos tomaron los datos del instrumento ATIC, que voló sobre la Antártida, y 'rebobinaron' el camino de las partículas hasta sus fuentes. Resultó que esta diferencia en el cansancio no es casualidad: la probabilidad de error es menor del tres centésimas por ciento. Parece que las propias estrellas que aceleran los núcleos lo hacen de manera ligeramente diferente para distintos elementos.
Esto significa que los aceleradores de partículas en el espacio —por ejemplo, las explosiones de supernovas— no 'empujan' a todos los núcleos por igual. Quizás los elementos ligeros y pesados nacen en condiciones diferentes o salen de sus estrellas de manera distinta. Esta conclusión ayuda a asomarse a la cocina donde se preparan los rayos cósmicos.
El detector ATIC se elevaba en un globo aerostático a unos 37 kilómetros de altitud, cuatro veces más alto que vuelan los aviones de pasajeros, y allí ya se ven los rayos cósmicos sin interferencias de la atmósfera.