Al resolver la ecuación de Klein-Gordon en la métrica de Kerr, los físicos demostraron que los vórtices cuantizados (similares a los vórtices en el helio superfluido) pueden existir de manera estable alrededor de agujeros negros rotantes. Sus velocidades angulares permiten medir el efecto de arrastre del espacio-tiempo (frame-dragging), una predicción clásica de la relatividad general. En condiciones de alta densidad, surge la turbulencia, y los grandes vórtices se desgarran y se reconectan al caer hacia el horizonte. Las eyecciones de vórtices más allá de la ergosfera podrían explicar las recientes y misteriosas llamaradas detectadas por el satélite XRISM.
Un agujero negro en rotación se comporta como un embudo gigante, pero no solo aspira todo a su alrededor: retuerce el espacio mismo, como la rápida corriente de un río. Nuevos cálculos demuestran que en esta vorágine pueden nacer vórtices estables de partículas ultraligeras, posibles ladrillos de la materia oscura. A diferencia de los objetos comunes, estos remolinos no se precipitan de inmediato al abismo, sino que giran largo tiempo a su lado, revelando con su movimiento cuánto curva el espacio el agujero negro a su alrededor, un efecto predicho por la teoría de Einstein.
Así obtenemos una nueva herramienta para estudiar los agujeros negros y la materia oscura. Lo más sorprendente es la escala: un vórtice puede superar el tamaño del Sistema Solar, permaneciendo invisible, ya que sus partículas son más ligeras que una pluma. Estas gigantescas estructuras fantasmales viven millones de años y, posiblemente, ya las vemos como breves destellos cerca de los agujeros negros.
🎯 Estos vórtices son miles de millones de veces más pequeños que un átomo, pero se extienden por millones de kilómetros, eclipsando en tamaño al propio agujero negro.