Resulta que la Luna podría haber nacido no de una colisión monstruosa, sino de muchas pequeñas «salpicaduras». La Tierra primitiva fue bombardeada por asteroides, que arrojaban trozos del manto. Los que volaban en la dirección de rotación de la nube protolunar se adherían a ella, como copos de nieve a una bola de nieve, mientras que los que iban en contra caían. Esto explica por qué la Luna es pobre en hierro y se parece más a la corteza terrestre.
Cuando innumerables asteroides golpearon la joven Tierra, arrancaron fragmentos de su manto. Estos escombros giraban en un disco cósmico alrededor del planeta y, como una bola de nieve en una tormenta, se fusionaron para formar la Luna.
El mismo escenario se aplica al satélite de Plutón Caronte y a cientos de asteroides binarios en el sistema Solar. Es importante que los fragmentos que iban en la dirección del disco permanecían en órbita y contribuían al crecimiento, mientras que los que iban en contra caían de vuelta. Así, parte del material destinado a la Luna sembró la Tierra: caminamos sobre rocas que alguna vez estuvieron en el espacio.
🎯 La Luna es pobre en hierro, lo que durante mucho tiempo no encajó en la hipótesis del único impacto: en tal colisión, el material de la corteza y el manto se habría mezclado, enriqueciendo al satélite. El nuevo modelo de impactos múltiples resuelve naturalmente este enigma.