Un hilo fino en una corriente de agua es como un cabello en el chorro de la ducha. Si el agua se agita de un lado a otro, el cabello se estira con la corriente o se arruga. Los científicos tomaron hilos proteicos reales (actina, de la que están hechos los músculos) y los colocaron en un canal microscópico donde el líquido oscilaba a diferentes frecuencias.
Con oscilaciones rápidas, el hilo volvía obedientemente a su posición inicial después de cada ciclo, como un péndulo. Pero cuando las oscilaciones se hacían más lentas, todo cambiaba. El hilo empezaba a "atascarse" en uno de dos estados: estirado o arrugado. Ambos estados eran estables, y el hilo podía saltar repentinamente de uno a otro debido al ruido térmico: los empujones aleatorios de las moléculas de agua.
Este descubrimiento es como una moneda que puede caer cara o cruz, pero a veces se da la vuelta sola. Para los ingenieros, es una forma de controlar materiales blandos: cambiando la frecuencia de las oscilaciones, se puede hacer que los hilos se alineen o, por el contrario, se agiten caóticamente.
Los hilos de actina forman parte del esqueleto celular. Son tan finos que en un milímetro cabrían unas cien mil de estos hilos colocados lado a lado.