Sobre la mesa de los físicos hay una plaquita más pequeña que una hoja de papel. Dentro tiene un cristal que sabe girar un rayo de luz, como un espejito en la mano. Pero este cristal no se mueve: cambia la dirección del rayo cuando se hace pasar sonido a través de él. La onda sonora recorre el cristal y lo comprime ligeramente: el rayo se desvía, como un chorro de agua al chocar con un timón. Así, la luz llega exactamente al átomo deseado sin tocar a los vecinos.
En un ordenador cuántico, los átomos son diminutos interruptores que almacenan información. Para escribir o leer esa información, hay que iluminar un átomo concreto con un láser. Pero los átomos están muy juntos, como cuentas de un collar. Si el rayo tiembla y roza al vecino, el cálculo se rompe. El nuevo dispositivo resuelve este problema: cambia el rayo de un átomo a otro en 240 nanosegundos, mil veces más rápido de lo que tarda un parpadeo. Además, la luz apenas alcanza a los átomos vecinos: la fracción de luz no deseada es menor de una milésima.
Los científicos probaron el dispositivo en una cadena de treinta átomos. Cada átomo recibía su propio rayo y todos los vecinos quedaban intactos. Es como escribir con un bolígrafo en un cuaderno cuadriculado sin salirse de las líneas, pero a una escala donde la cuadrícula es mil veces más fina que un cabello. Esa precisión es necesaria para que el ordenador cuántico calcule sin errores. Cuanto más larga es la cadena de átomos, más cálculos se pueden hacer en un solo paso. Ahora que la luz sabe dar en el blanco, se pueden construir máquinas con cientos de átomos.
La plaquita sobre la mesa no es solo una pieza. Es una forma de hablar con los átomos uno a uno, sin molestar a los demás. Y cuanto más precisa es esa conversación, más cerca están los ordenadores cuánticos de resolver problemas que las máquinas normales no pueden abordar.
El cristal del dispositivo desvía el rayo de luz mediante el sonido. La onda sonora comprime el cristal, que actúa como una lente invisible que gira la luz.