El polvo en el espacio no es simplemente suciedad, sino materia prima para futuras estrellas y planetas. Pero cómo se distribuye en nuestra galaxia ha sido durante mucho tiempo un misterio: el polvo es difícil de medir directamente, ya que bloquea la luz de los astros lejanos. Ahora, los astrónomos han mirado a través de este velo gracias a los datos de cinco millones de estrellas: su brillo, color y posición exacta en el cielo.
Resulta que el polvo de la Vía Láctea no se extiende como una única "tortita", sino en dos: una fina y una gruesa. La capa fina, en el centro de la galaxia, tiene una altura equivalente a una pila de un par de docenas de libros, pero hacia los bordes se ensancha cuatro veces más, hasta doscientos pársecs (un pársec equivale aproximadamente a tres años luz). La capa gruesa es aún más alta: de trescientos a ochocientos pársecs. Por primera vez se ha podido demostrar que la capa fina de polvo se mantiene cerca del gas molecular frío, mientras que la gruesa se asocia con el hidrógeno atómico, como dos "pisos" distintos con vecinos diferentes.
Estas dos capas de polvo son como dos mantas que cubren la cuna estelar. La manta fina es más densa y está más cerca del "suelo cálido" del disco galáctico, donde nacen activamente las estrellas. La gruesa es más suelta y se extiende más arriba, como una capa de plumón. Comprender esta estructura en capas ayudará a predecir con mayor precisión dónde aparecerán nuevas estrellas en la galaxia y cómo participa el polvo en el ciclo de la materia. Las preguntas han aumentado, pero ahora son más concretas, y eso ya es la mitad de la respuesta.
El grosor de la capa fina de polvo en el centro de la Vía Láctea es aproximadamente 200 veces menor que su longitud; si redujéramos la galaxia al tamaño de un campo de fútbol, esta capa sería más delgada que una hoja de papel.