La lluvia no cae de cualquier manera. Si tomamos los registros de casi cincuenta mil pluviómetros repartidos por todo el globo y comparamos cuánta agua cae en un día lluvioso en distintos rincones del planeta, descubrimos una pauta sorprendente. La forma de la gráfica que muestra con qué frecuencia ocurren lluvias débiles, moderadas y fuertes resulta ser la misma tanto en los trópicos como en las latitudes templadas, y en distintas décadas.
Cuando el aire se calienta, puede retener más vapor de agua, como una esponja que se calienta. Pero la lluvia no se exprime de esa esponja de manera uniforme, sino en porciones. Los científicos descubrieron que, por cada grado de calentamiento, la intensidad de un aguacero individual aumenta aproximadamente un siete por ciento, mientras que el número de días lluviosos, por el contrario, disminuye. Así, el cielo acumula humedad durante más tiempo y luego la descarga de golpe, en un torrente potente.
Este comportamiento está relacionado con la forma en que el aire asciende durante la lluvia. El aire cálido y húmedo tiende a elevarse más rápido, formando corrientes ascendentes fuertes. Estas exprimen más agua de la nube en poco tiempo. Pero después de tal aguacero, la tierra y las plantas devuelven la humedad al aire más lentamente: parte del agua escapa hacia los ríos y parte se filtra profundamente en el suelo. Por eso la atmósfera permanece "seca" durante más tiempo y espera la siguiente recarga.
Esta ley sencilla —cuanto más calor, lluvias menos frecuentes pero más intensas— funciona tanto para una ciudad como para todo el planeta. Ayuda a los climatólogos a calcular con más precisión dónde esperar inundaciones y dónde sequías. Porque si las lluvias se vuelven escasas y torrenciales, la infraestructura diseñada para el antiguo ritmo de precipitaciones podría no resistir los nuevos aguaceros.
Con un calentamiento de un grado, la intensidad de los aguaceros aumenta aproximadamente un 7% y el número de días lluviosos disminuye; es decir, en total cae casi la misma cantidad de agua, pero con un carácter completamente distinto.
En la novela de Kim Stanley Robinson "Cuarenta señales de lluvia", los personajes se enfrentan a las consecuencias del cambio climático: Washington se ve inundada por una serie de aguaceros sin precedentes, justo el escenario que describe la nueva investigación.