En el océano de galaxias se abren gigantescos remolinos —los vacíos, regiones donde casi no hay nada. El diámetro de tal vacío es de cientos de millones de años luz. Pero estos abismos no son silenciosos: giran lentamente, como si los envolviera una corriente invisible. La luz de las galaxias en bordes opuestos del vacío se estira de manera desigual. Este corrimiento al rojo revela a qué velocidad se mueve cada pared. Los patrones de rotación resultaron idénticos para cualquier universo concebible —desde uno casi vacío hasta otro repleto de sustancia invisible (materia oscura). Solo varía la magnitud. La determinan dos números: la fracción de masa invisible y la grumosidad de la sustancia primordial. Simulaciones numéricas de 33 mundos distintos dieron una fórmula simple, casi independiente de la energía oscura —esa fuerza misteriosa que acelera la expansión. Ahora, observando un vacío real, se pueden medir a la vez ambas claves del diseño del cosmos. Hace tiempo, Lemaître propuso la expansión, Hubble la confirmó y Rubin mostró cuánto hay de invisible en el universo. Los nuevos telescopios ya apuntan a los remolinos cósmicos para leer en su giro la receta del universo.
El parámetro de forma de la rotación de los vacíos es sorprendentemente similar para universos con cualquier cantidad de energía oscura: la naturaleza parece dictar el mismo patrón de vórtice.