La luz, independientemente de su fuente, está compuesta por fotones, partículas elementales y cuantos del campo electromagnético. Un detector de luz simple, como un medidor de iluminancia fotométrica, funciona en modo binario: solo registra si los fotones inciden o no, dando una respuesta de «sí/no». Durante mucho tiempo se creyó que con un dispositivo tan primitivo era imposible distinguir un rayo láser (luz clásica) de una luz con propiedades cuánticas específicas, ya que sus señales de salida parecen idénticas.
La solución se encontró utilizando un atenuador regulable, similar a un dimmer, colocado frente al detector. Al cambiar el grado de atenuación, la luz clásica y la cuántica muestran comportamientos fundamentalmente diferentes. La luz clásica se comporta de manera predecible: cuanto mayor es la atenuación (es decir, cuantos menos fotones deja pasar el «dimmer»), con menor frecuencia el detector registra destellos; la relación es lineal. La luz cuántica, en cambio, sorprende: con una atenuación fuerte, el detector comienza a dispararse con una frecuencia notablemente mayor de lo que cabría esperar por la simple reducción del flujo. Como si las partículas superaran la barrera no individualmente, sino en grupo: una manifestación de correlaciones puramente cuánticas, donde la probabilidad de detección conjunta de fotones es mayor que para partículas independientes.
Esta anomalía —el aumento de las detecciones con una atenuación profunda— sirve como señal clara de la naturaleza no clásica y cuántica de la luz. Así, un simple atenuador regulable convierte un indicador tosco en una sensible sonda espectroscópica capaz de revelar sutiles características cuánticas de la radiación, antes inaccesibles para detectores primitivos.
Con la atenuación máxima, la luz cuántica parece negarse a desaparecer: el detector sigue disparándose con obstinada frecuencia, delatando la misteriosa naturaleza de la fuente.