En el desierto chileno de Atacama, a casi cinco kilómetros de altitud, se alza un radiotelescopio que capta ondas milimétricas procedentes de las profundidades del cosmos. Estas ondas transportan el calor de galaxias lejanas, pero primero deben atravesar una ventana: una fina placa de silicio que separa el frío receptor del cálido mundo exterior.
El vidrio ordinario no sirve para las ondas milimétricas: refleja demasiado. Por eso, los ingenieros recurrieron al silicio —el mismo con el que se fabrican los chips de computadora— y tallaron en su superficie, con láser, millones de diminutos conos. Estos conos funcionan como un abrigo: la luz entra en ellos de forma gradual, sin encontrar una frontera brusca, y casi toda lo atraviesa. La ventana deja pasar el 99% de la luz y refleja solo el 1%.
La placa, de 124 milímetros de diámetro y solo 4 milímetros de grosor, lleva un año funcionando en el instrumento DESHIMA v2.0 del telescopio ASTE. Durante este tiempo no ha perdido ni un ápice de transparencia, y sus pérdidas han sido tan pequeñas que no han podido medirse.
Las ondas milimétricas que atraviesan esta ventana son las mismas que se usan en los escáneres de seguridad de los aeropuertos, solo que aquí provienen de galaxias nacidas hace miles de millones de años.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, los radiotelescopios captan una señal de una civilización extraterrestre: ventanas como esta ayudan a los telescopios reales a escuchar un cosmos cada vez más lejano.