En una cubeta del tamaño de una moneda, la luz se comporta como el agua: se condensa en un único fluido cuántico. Cuando se le añade energía, en ese fluido se forman espontáneamente remolinos: los vórtices cuánticos. Cada vórtice es como un pequeño torbellino que no puede desaparecer sin más.
Los físicos iluminaron este fluido con un láser y tomaron instantáneas. Resultó que los remolinos aparecen en lugares aleatorios y giran en direcciones aleatorias, como las ondas en un estanque cuando se lanzan varias piedras. El número de vórtices crece con la potencia de bombeo, y este crecimiento sigue la misma ley que la congelación del agua en una capa de hielo.
Cuando hay muchos vórtices, su movimiento colectivo cambia. El mapa de velocidades del fluido muestra que la energía fluye de los vórtices grandes a los pequeños según una estricta ley de potencias. Esta es una característica clásica de la turbulencia, observada por primera vez en un fluido cuántico de luz a temperatura ambiente.
Ahora los investigadores tienen una forma de seguir el nacimiento y el movimiento de cada vórtice por separado. Esto ayudará a entender cómo el orden se convierte en caos en sistemas muy diversos, desde el helio superfluido hasta el universo temprano.
Un vórtice cuántico en un fluido de luz no se puede ver a simple vista: es más pequeño que el grosor de un cabello humano, pero su velocidad de rotación puede alcanzar miles de millones de revoluciones por segundo.