El campo magnético de la Tierra se asemeja a un río invisible que serpentea bajo nuestros pies. Los navegantes y los geólogos consultan los mapas de este río, pero los instrumentos toman lecturas solo en puntos aislados, y entre ellos quedan manchas blancas. Rellenarlas es como dibujar el cauce de un río a partir de unas pocas piedras encontradas en la orilla.
Los métodos habituales para completar el dibujo a menudo se equivocan: toman el chasquido aleatorio del sensor por una curva real del campo. El nuevo enfoque funciona de otra manera. Primero aprende con ejemplos cómo se ve el río sin interferencias, y luego, al observar los puntos dispersos, reconstruye el flujo suave. Para ello se apoya en una regla conocida por los geólogos: las zonas adyacentes del campo están relacionadas entre sí, y esa relación ayuda a distinguir el ruido de la señal verdadera.
Este enfoque no solo sirve para mapas del campo magnético. Cualquier medición en la que los datos se recojan de forma puntual y con interferencias —desde sensores en el suelo hasta sensores en el cuerpo humano— se puede reconstruir con el mismo truco: primero aprender la física del proceso y luego completar lo que falta.
El campo magnético de la Tierra es más débil que el de un imán de nevera, pero incluso las bacterias lo perciben para orientarse en la columna de agua.