En un frasco de líquido aceitoso flotan millones de diminutas partículas magnéticas, cada una del tamaño de una bacteria. Enciendes un imán y las partículas, como soldados obedientes, se alinean en largos hilos. Pero, ¿por qué forman hilos y no grumos? Resulta que no se trata solo de magnetismo.
Cada partícula, al moverse en el líquido, arrastra consigo una corriente, como un remo que deja remolinos en el agua. Estas corrientes, creadas por las partículas vecinas, empujan a las partículas unas hacia otras y las alinean en una misma línea. Sin tales corrientes, las partículas se agruparían en racimos informes. Los científicos modelaron este proceso en una computadora y vieron que las interacciones hidrodinámicas, como se denominan estos empujones mutuos a través del líquido, juegan un papel clave.
Comprender cómo se forman exactamente los hilos abre el camino a la creación de materiales con una estructura predeterminada. Por ejemplo, se pueden fabricar juntas que se compacten solo donde sea necesario, o pantallas protectoras que se vuelvan más resistentes ante un impacto. Ahora los ingenieros podrán controlar no solo cómo se espesa el líquido, sino también la forma que adoptan las partículas en su interior.
Los fluidos magnetorreológicos se utilizan en prótesis de rodilla: un microprocesador cambia la viscosidad del fluido según la fase del paso, y la persona con la prótesis puede subir escaleras casi de forma natural.