A veces, en un diamante aparece un defecto: en lugar de dos átomos de carbono vecinos, hay un átomo de nitrógeno y un hueco. Este defecto es como una antena diminuta que responde al campo magnético. Los científicos dirigieron un láser y microondas hacia ese diamante, y el defecto empezó a expulsar electrones. Surgió una corriente eléctrica débil, de solo unos pocos picoamperios, mil millones de veces menor que la corriente de una bombilla.
Esa corriente es la señal. Cuanto más fuerte es el campo magnético, más cambia la corriente. Los investigadores detectaron estos cambios de varias maneras, como un afinador que encuentra la nota justa entre el ruido. El mejor resultado fue una sensibilidad de 397 nanoteslas por raíz de hercio. Esto significa que el sensor puede notar un campo cientos de veces más débil que el campo magnético terrestre, si se espera un segundo.
Por primera vez, este sensor se mostró en acción: siguió un campo magnético variable en tiempo real, con un error de solo 1,5 microteslas. Es como escuchar el pulso del campo magnético sin perder ni un latido. Los científicos también comprobaron cómo afectaban a la señal la potencia del láser y de las microondas, y la teoría coincidió con el experimento hasta en los detalles.
Ahora el sensor de diamante no es solo una curiosidad de laboratorio, sino una herramienta práctica. Estos sensores se pueden integrar en un chip y llevarlos encima para medir campos magnéticos en el teléfono, en el hospital o en una fábrica. El campo magnético deja de ser invisible: el diamante lo convierte en una corriente que se puede ver en una pantalla.
El defecto del diamante que capta el campo magnético es más pequeño que un virus, pero puede reemplazar a toda una bobina de alambre.