El tumor no se queda quieto. De él se desprenden células individuales o grupos enteros que se lanzan a un viaje por el cuerpo. Unas se arrastran en solitario, como exploradores; otras se mantienen juntas, como una bandada. Los científicos han construido un modelo computacional para entender cómo estas células eligen su dirección.
En el modelo, las células responden a dos señales. La primera es la atracción hacia tejidos más rígidos: la célula percibe dónde el tejido es más denso y se dirige allí. La segunda es una fuerza activa que empuja a la célula a alejarse del tumor, como si alguien tirara de un hilo. Resulta que estas dos señales no siempre funcionan en armonía. Cuando la célula se estira, una señal la tira hacia un lado y la otra hacia el otro. Si se activan ambas a la vez, el modelo muestra que las células se quedan atascadas y no pueden moverse.
Por eso, los científicos dividieron el proceso en dos pasos. Primero, la célula reacciona a la rigidez; luego, a la orden de desprenderse. Este truco se llama paso fraccionario. El modelo comenzó a mostrar escenarios más realistas: las células realmente se arrastran solas o en grupos, como en un tumor real.
Esto es solo la primera etapa. En el futuro, los científicos añadirán al modelo la proliferación celular y los mecanismos bioquímicos que determinan si una célula es solitaria o jugadora de equipo. Entonces quedará más claro cómo el cáncer conquista nuevos territorios.
Las células cancerosas perciben la rigidez del tejido circundante; este proceso se denomina durotaxis. El tumor suele ser más rígido que el tejido sano, y las células se dirigen allí, como cuesta abajo.