El cristal Ca2RuO4 se parece a una pila de láminas delgadas. Dentro de cada lámina, los espines de los electrones están ordenados con precisión, como filas de soldados en formación. Entre las láminas, el enlace es débil y su signo puede invertirse si se estira el cristal ligeramente hacia los lados.
Cuando se estira el cristal, ese contacto interláminas débil cambia de signo y todo el patrón magnético se reorganiza. Al mismo tiempo, las oscilaciones internas —los magnones, una especie de ondas sonoras en el mundo del magnetismo— cambian su frecuencia. La diferencia alcanza los 0,3 terahercios: es como si la misma cuerda sonara un tono más agudo solo porque se tensó un poco.
Esta aguda sensibilidad al estiramiento cerca de la transición de fase magnética es una herramienta lista para interruptores ultrarrápidos. En lugar de complejos campos magnéticos, basta una ligera presión mecánica para reconfigurar el dispositivo.
Afinar el sonido en un cristal con un simple estiramiento es un paso hacia dispositivos donde la información viaja no con electrones, sino con ondas de orden magnético.
La frecuencia de 0,3 terahercios equivale a unos 300 mil millones de oscilaciones por segundo. Esas mismas oscilaciones las daría el péndulo de un reloj de pared en mil años.