Las balanzas ultraprecisas que captan los mínimos cambios en la fuerza de gravedad funcionan como un oído fino: escuchan incluso el susurro de lejanas cavidades subterráneas o las vibraciones de la corteza terrestre. Pero estos dispositivos tienen un enemigo oculto: su propio reloj interno. El tiempo dentro del sensor también tiembla, y ese temblor emborrona la imagen.
Los sensores cuánticos se apoyan en átomos o haces de luz que oscilan con una estabilidad asombrosa. Pero para medir una señal, hay que saber cuánto tiempo ha pasado. Y el tiempo en el mundo cuántico no fluye como una regla: está difuminado. Los científicos han deducido un límite estricto de precisión: si no se tiene en cuenta la incertidumbre temporal, la sensibilidad cae. Es como intentar pesar una pluma en una balanza cuya aguja se mueve con cada corriente de aire.
El trabajo se aplica a una amplia clase de dispositivos, desde gravímetros hasta acelerómetros. Es un paso para que los instrumentos cuánticos se conviertan en herramientas verdaderamente fiables, y no en juguetes de laboratorio.
Los relojes atómicos modernos se desvían un segundo en miles de millones de años, pero incluso esa diminuta incertidumbre temporal molesta a los sensores más sensibles.