La superficie del Sol hierve como el agua en una olla. El gas caliente asciende, se enfría y desciende: eso es la convección. Alrededor bullen los campos magnéticos, que se rompen y se vuelven a conectar. En ese ajetreo nacen las espículas: estrechos chorros de plasma que se disparan miles de kilómetros hacia arriba. Viven solo unos minutos, pero alcanzan a transferir energía a la atmósfera exterior del Sol.
Las espículas no solo se elevan: empujan ante sí ondas y frentes de choque. Estas ondas comprimen el gas y lo calientan. Así, la energía de la superficie llega hasta la corona — la tenue capa exterior que está cientos de veces más caliente que la propia superficie. Sin las espículas, la corona se enfriaría y el viento solar en los agujeros coronales se agotaría.
Así, un pequeño chorro tras otro, como una bomba, impulsa calor hacia la corona. Las espículas no son solo un bonito espectáculo en el borde del disco solar: son la clave de un enigma que ha desconcertado a los astrofísicos durante 80 años: por qué la corona está más caliente que la superficie.
La temperatura de la corona solar es de alrededor de un millón de grados, mientras que la superficie apenas alcanza los 5500 grados. Es como si el aire alrededor de una hoguera estuviera más caliente que la propia llama.