Un río tranquilo que de pronto empieza a hervir en un tramo llano: así se ve el enigma que abordaron los autores del nuevo trabajo. Tomaron una fina capa de gas cargado con un campo magnético muy débil y siguieron en la computadora qué le sucede. Al principio todo fluye uniforme, como agua del grifo. Luego, en un punto, la capa se adelgaza y las líneas magnéticas, que antes estaban paralelas, comienzan a romperse y reconectarse.
Esta reconexión es como si una goma en una madeja de hilos se reventara y sus extremos chasquearan en direcciones opuestas. Cada chasquido inyecta un poco de caos en el flujo. Al principio el caos es débil, pero los chasquidos se repiten y ya todo el flujo hierve: aparecen vórtices, remolinos y pequeños chorros. Y nadie empujó el flujo: él mismo se agitó.
Esto es importante para entender el cosmos. El viento solar, los chorros de plasma de las cercanías de los agujeros negros, las colas de los cometas: todos son turbulentos. Antes se pensaba que la turbulencia llegaba desde afuera. Ahora se ve que puede nacer en el interior, a partir de un flujo suave, gracias a las reconexiones magnéticas.
El viento solar cerca de la Tierra viaja a unos 400 kilómetros por segundo, 20 veces más rápido que una bala. Y casi todo ese flujo es turbulento: en él se forman y desaparecen constantemente vórtices de tamaños que van desde cientos de metros hasta miles de kilómetros.