El bullicio de una plaza llena de gente: así suena el fondo gravitacional del universo, captado por la red de púlsares, estrellas que pulsan con la precisión de un reloj. En este barullo se ocultan las «huellas» de pares de agujeros negros que giran uno alrededor del otro. Cada par deja en la red de púlsares un patrón espacial único, como una huella dactilar. Su geometría depende solo de la posición de la fuente en el cielo, no de la intensidad de la señal. Comparando los datos de decenas de púlsares, se puede aislar este patrón, incluso si el zumbido general es cientos de veces más fuerte.
Las pruebas con modelos mostraron que tener en cuenta las correlaciones aumenta la fiabilidad cientos de veces. Se logra determinar la posición de la fuente con una precisión 11 veces mayor, como si se redujera la búsqueda de la mitad del cielo a una sola constelación. El método no se basa en la forma de la onda, sino en la huella geométrica, que es estable y fiable.
El primer indicio de ondas gravitacionales de frecuencia ultrabaja apareció en 2023, cuando cuatro grupos independientes de científicos notaron un «ruido» idéntico en los datos de los púlsares. Al cotejar los resultados, comprendieron que no era una interferencia, sino una señal real.