La luz que no vemos pero sentimos como calor resultó ser la clave de la vida celular. Un nuevo tipo de microscopio utiliza ondas de 2000 a 2500 nanómetros de longitud, tres veces más largas que la luz roja, y que apenas se dispersan en los tejidos. Gracias a ello, el aparato se adentra en una esfera tumoral como una linterna a través de un vidrio esmerilado, iluminando moléculas individuales.
El dispositivo detecta los enlaces entre carbono e hidrógeno, presentes en grasas, proteínas y azúcares. Los ve incluso a 200 micrómetros de profundidad dentro de un esferoide tumoral completo (una bola de células del tamaño de un grano de arena). Y si se marcan las moléculas de un fármaco con deuterio, el hidrógeno pesado, se puede rastrear cómo el medicamento atraviesa la piel, como la tinta que asciende por los capilares de una hoja.
Esta mirada profunda, sin cortes ni colorantes, acerca el día en que los médicos podrán seguir la enfermedad y el tratamiento directamente en el cuerpo del paciente, no por signos indirectos, sino por la química viva del tejido.
Un esferoide tumoral es una bola de células cancerosas de unos 0,2 mm de diámetro; se cultiva en laboratorio para probar fármacos sin usar animales.
En la serie "Star Trek", el tricorder médico escanea el cuerpo y da un diagnóstico al instante: el nuevo microscopio da el primer paso hacia esa cartografía química.