Imagina un agujero negro como un embudo en una sábana tensa: la analogía clásica de la curvatura del espacio-tiempo causada por un cuerpo masivo. Pero si admitimos la existencia de una quinta dimensión, esta imagen simple se complica: la sábana adquiere resortes ocultos. Ahora cualquier masa, incluso sin carga eléctrica, hunde el tejido del espacio no hasta la singularidad, sino hasta un límite bien definido. Surgen correcciones no lineales a la curvatura que generan una nueva clase de agujeros negros con una masa mínima inherente, una propiedad impensable en la relatividad general tetradimensional.
La gran sorpresa concierne a la termodinámica. Cuando un agujero negro de este tipo alcanza su límite, no se enfría hasta el cero absoluto. Su entropía —medida del desorden oculto que refleja el número de posibles microestados internos— no desaparece como exigiría la teoría estándar. En su lugar, queda un remanente finito, distinto de cero. Resulta que el universo podría estar sembrado de núcleos cálidos e invisibles: restos de agujeros negros evaporados que guardan memoria de las dimensiones ocultas, como un eco congelado de la quinta dimensión.
Normalmente, un agujero negro sin carga debería evaporarse por completo. Pero con una dimensión extra, deja tras de sí un grumo cálido e indestructible de espacio-tiempo.
Viene a la mente 'Interstellar': Gargantúa distorsionaba el tiempo gracias a dimensiones ocultas. Este trabajo hace que la ciencia ficción sea un poco más real.