El nivel del agua en una bañera primero sube, después se mantiene y luego se va poco a poco por el desagüe. Así se comporta también la entropía, la medida del desorden, en un organismo vivo. En la infancia y la juventud el organismo pone orden: las células se dividen, los órganos crecen, la entropía baja. En la madurez el orden se mantiene más o menos al mismo nivel. En la vejez el desorden se acumula y la entropía crece hasta que el sistema se agota.
Pero esta bañera tiene una particularidad. El agua no se queda quieta: recuerda lo que había antes. El entorno con el que dialoga el organismo deja huellas, como marcas químicas en el ADN o daños acumulados. Esas huellas no desaparecen de inmediato, sino que condicionan el futuro. Los científicos construyeron un modelo en el que esa memoria está incorporada a la descripción matemática de la vida. Resultó que la memoria cambia la forma de la bañera: en el descenso aparecen oscilaciones, en el tramo medio una deriva lenta y en el ascenso un crecimiento pronunciado con una cola larga.
Así, la bañera de la entropía pasa de ser una simple metáfora a convertirse en una herramienta. Muestra que el envejecimiento no es solo una acumulación de averías, sino la pérdida de la capacidad del organismo para resistir fallos lentos. Y la memoria del entorno desempeña en ello un papel clave.
En el modelo, la bañera de entropía no es universal: al aumentar el tiempo de memoria, la curva del envejecimiento adquiere una cola larga, lo que significa que el organismo conserva durante más tiempo las huellas de su ordenamiento pasado después de que comienza la desintegración.