Con ayuda del telescopio James Webb, los astrónomos estudiaron una galaxia con un corrimiento al rojo de 5.124, en cuyo espectro predomina la radiación de gas caliente (continuo nebular): más del 95% del brillo. Este gas se calienta hasta los 53 000 K y es muy denso, lo que explica el inusual 'salto de Balmer', un cambio brusco en el brillo. Cerca se ve una misteriosa galaxia satélite sin metales, probablemente compuesta por restos de las primeras estrellas (población III). El descubrimiento sugiere que estas estrellas masivas primigenias podrían haber iluminado el Universo temprano con más fuerza de lo que se pensaba.
El letrero de neón cósmico se encendió en una galaxia increíblemente lejana: casi toda su luz proviene del gas incandescente, y las estrellas se pierden en ese resplandor. «James Webb» registró que el gas —una mezcla de hidrógeno y helio— está tan caliente que brilla por sí mismo.
El secreto de tal brillo son las primeras estrellas del universo. Cerca se detectó una tenue galaxia satélite sin rastros de elementos pesados: probablemente sea un cúmulo de restos de estrellas que nacieron justo después del Big Bang. Estos gigantes, cientos de veces más masivos que el Sol, se apagaron hace mucho, pero su energía, como una corriente invisible, calienta el gas y lo hace brillar. Johann Balmer ya en el siglo XIX describió un salto especial en el resplandor del hidrógeno; hoy sirve como termómetro para galaxias lejanas.
Sin el «James Webb» este descubrimiento habría sido imposible. Él se asoma a la época en que se formaban las primeras galaxias, y ayuda a entender cómo la expansión del universo, descubierta por Edwin Hubble, alteró la luz.
🎯 El salto de Balmer funciona como un termómetro cósmico: por su magnitud, los astrónomos determinan la temperatura del gas con una precisión de unos pocos miles de grados.