Los astrónomos descubrieron en el Universo temprano una galaxia cuya luz no proviene de estrellas, sino de una nube de gas incandescente, como un letrero de neón. Cerca se encontró una tenue compañera sin rastros de metales, posiblemente los restos de las primeras estrellas. Este farol de gas pudo haber hecho el amanecer cósmico más brillante de lo que pensábamos. ¿Qué más esconden los mundos antiguos?
El letrero de neón cósmico se encendió en una galaxia increíblemente lejana: casi toda su luz proviene del gas incandescente, y las estrellas se pierden en ese resplandor. «James Webb» registró que el gas —una mezcla de hidrógeno y helio— está tan caliente que brilla por sí mismo.
El secreto de tal brillo son las primeras estrellas del universo. Cerca se detectó una tenue galaxia satélite sin rastros de elementos pesados: probablemente sea un cúmulo de restos de estrellas que nacieron justo después del Big Bang. Estos gigantes, cientos de veces más masivos que el Sol, se apagaron hace mucho, pero su energía, como una corriente invisible, calienta el gas y lo hace brillar. Johann Balmer ya en el siglo XIX describió un salto especial en el resplandor del hidrógeno; hoy sirve como termómetro para galaxias lejanas.
Sin el «James Webb» este descubrimiento habría sido imposible. Él se asoma a la época en que se formaban las primeras galaxias, y ayuda a entender cómo la expansión del universo, descubierta por Edwin Hubble, alteró la luz.
🎯 El salto de Balmer funciona como un termómetro cósmico: por su magnitud, los astrónomos determinan la temperatura del gas con una precisión de unos pocos miles de grados.