
El helio se observó por primera vez no en la Tierra, sino en el Sol: en 1868, los astrónomos detectaron en el espectro solar una línea amarilla brillante que no pertenecía a ningún elemento conocido. Se atribuyó a un nuevo elemento, llamado helio en honor al dios del Sol, Helios. En la Tierra, el helio no se aisló hasta 1895 a partir de mineral de uranio.
El helio se extrae del gas natural, donde se acumula durante millones de años como producto de la desintegración radiactiva de elementos pesados. Las propiedades inusuales del helio a bajas temperaturas se explican por efectos cuánticos: sus átomos son tan ligeros que al enfriarse se comportan como ondas, creando la superfluidez, un flujo sin fricción.