Dos corredores salen a la pista. Uno corre parejo y consume el combustible poco a poco. El otro aprende sobre la marcha a correr más rápido, y su combustible arde con más fuerza cada vez. En química compiten así una sustancia simple, que se crea a sí misma, y una molécula que se copia a partir de un molde, como hace el ADN.
La física de los sistemas fuera del equilibrio dice: un camino es tanto más probable cuanto más energía disipa en forma de calor. La sustancia simple gasta energía de manera constante. En cambio, la molécula que copia se acelera, y su gasto de energía crece como una doble exponencial, es decir, muy rápido. Al principio va por detrás, pero luego llega un momento de inflexión y se adelanta para siempre.
Antes no se entendía por qué la naturaleza elige aquellos caminos químicos que conducen a la herencia. Ahora está claro: las moléculas que copian con adaptación gastan energía más rápido que todas las demás, y por eso son precisamente ellas las que ganan. Este principio se puede comprobar en un experimento: si en un tubo de ensayo con sustancias químicas se mide la liberación de calor, la transición hacia la herencia se manifestará como un aumento brusco de ese calor. Así explica la física de dónde viene la vida.
La doble exponencial en la probabilidad implica que, tras el momento crítico, la trayectoria replicativa no solo se vuelve más probable, sino tan dominante que el logaritmo de su logaritmo crece de forma cuadrática con el tiempo. Es uno de los crecimientos más rápidos que aparecen en los modelos físicos.