Un cometa en vuelo es una montaña de hielo y polvo que se desplaza por el sistema solar. Si en esa montaña se colocan pequeños motores, se convierte en una nave con combustible listo: el gas de su interior puede liberarse a través de toberas y cambiar el rumbo. Pero mantener semejante mole en la trayectoria deseada es como conducir un carro cargado por una cuerda floja, y encima que va girando.
En el estudio se analizó bajo qué condiciones un cometa-nave obedece al timón. Resultó que lo principal es no dejar que las pequeñas sacudidas se acumulen. Cada perturbación debe amortiguarse de inmediato, como una ráfaga de viento; de lo contrario, el error crece y el rumbo se desvía. Los científicos derivaron cuatro niveles de estabilidad: desde el simple balance de energía hasta la compleja interacción con la rotación del cometa. Si se cumplen todos, la nave vuelve a su trayectoria tras cualquier empujón, como un muñeco de base redondeada.
Esta navegación no solo servirá para vuelos lejanos. Si un asteroide peligroso se acerca a la Tierra, los mismos principios ayudarán a empujarlo ligeramente hacia un lado, o, al contrario, a darse cuenta de que alguien ya está corrigiendo la trayectoria de un cuerpo celeste. Por el carácter del movimiento se podrá distinguir un cometa natural de uno controlado: en el segundo, los errores de rumbo se corrigen más rápido y no se acumulan.
El cometa 67P/Churiumov-Gerasimenko, estudiado por la sonda Rosetta, tiene un día que dura 12,4 horas, y desde su superficie se expulsan chorros de gas a velocidades de hasta 800 metros por segundo, el doble de rápido que una bala.
En la novela de Arthur C. Clarke «Cita con Rama», los humanos exploran un enorme objeto que resulta ser una nave que utiliza los recursos del propio cuerpo celeste.