El vidrio de una ventana común parece congelado para siempre, pero en su interior los átomos nunca están quietos. En el telururo de germanio amorfo (GeTe), un material que se usa en discos regrabables y memorias no volátiles, los físicos han rastreado por primera vez de forma directa cómo los enlaces atómicos se estiran y se doblan en billonésimas de segundo.
Con pulsos ultracortos de electrones (de duración femtosegundos, es decir, 10⁻¹⁵ segundos), los científicos filmaron una «película» del movimiento atómico. Resulta que, tras la acción del láser, los enlaces Ge-Te y Ge-Ge se estiran en solo 0,2 picosegundos, cien veces más rápido que un parpadeo. Luego, en 0,5–2 picosegundos, los ángulos entre los átomos cambian, como si la molécula inspirara y espirara. Estos movimientos van acompañados de oscilaciones locales con una frecuencia de 3,10 terahercios, es decir, un billón de oscilaciones por segundo. Esa frecuencia es comparable a la vibración de un minúsculo resorte si se comprimiera hasta el tamaño de un átomo.
Estos resultados no solo cierran una vieja pregunta en la física de los vidrios, sino que tienen implicaciones prácticas. Al comprender exactamente cómo se desplazan los átomos en el estado amorfo, se puede controlar con mayor precisión la velocidad de cristalización y relajación en los materiales para memorias de nueva generación. Quizás pronto aprendamos a «afinar» el vidrio para que responda como queremos, igual que se afina un instrumento musical.
3,10 terahercios es aproximadamente cien mil millones de veces más alto que la frecuencia del sonido que percibe el oído humano. Si esa vibración pudiera oírse, sonaría como un ultrasonido de una altura inimaginable.