La Tierra joven parecía una colmena: crecía fusionándose a partir de innumerables bloques de roca. Cuando terminó la construcción principal, un enjambre tardío de meteoritos azotó el planeta joven: el llamado revestimiento tardío. Según creían los científicos, esos impactos trajeron platino, oro y otros metales raros a las capas superiores de la Tierra. Precisamente su exceso en el manto sirvió durante mucho tiempo como pista: ahí están, las huellas de los visitantes cósmicos.
Pero un nuevo estudio da la vuelta a esta imagen. Los autores siguieron el destino de las gotas metálicas tras el impacto de un meteorito. Una gota de miel que cae en un vaso de agua se hunde rápidamente al fondo. Del mismo modo, el hierro líquido de un cuerpo grande atraviesa el manto y se va al núcleo de la Tierra. Para cuerpos de más de un kilómetro de diámetro, el metal desaparece casi por completo del manto. Por tanto, los meteoritos grandes no pudieron dejar una huella notable.
Para entregar la cantidad necesaria de metales raros mediante cuerpos pequeños, habría que suponer una cantidad increíblemente grande de cuerpos grandes, cuyo metal justamente se habría perdido en el núcleo. Surge una contradicción: la riqueza observada en el manto no concuerda con la imagen simple del bombardeo tardío. La salida del callejón sin salida es que los cuerpos grandes se fragmentaron en trozos más pequeños que una centésima de milímetro, o que la Tierra recibió más material oxidado, similar a los meteoritos carbonáceos.
Esta paradoja invita a reflexionar: quizás el revestimiento tardío no fue como lo habíamos imaginado. La composición y el tamaño de los cuerpos que cayeron pudieron ser diferentes, y por tanto, la historia del crecimiento de la Tierra aún espera a sus detectives.
Si se reuniera todo el platino, el oro y otros metales raros del manto terrestre, se obtendría una capa de solo unos 5 metros de espesor, pero incluso su origen ahora está en duda.