En un resonador superconductor, la luz no solo se refleja: abraza al qubit con tanta fuerza que su danza conjunta ya no puede describirse con los libros de texto antiguos. Los investigadores tomaron un nanohilo de arseniuro de indio, fabricaron con él un qubit superconductor y lo colocaron en un resonador de microondas. Con el acoplamiento ultrafuerte, la energía del sistema deja de sumarse como con una regla: los escalones de la escalera de niveles cuánticos se curvan y las transiciones entre ellos se desplazan.
A pesar de este acoplamiento tan estrecho, el qubit conservó su controlabilidad: los investigadores realizaron operaciones coherentes y midieron el tiempo de vida del estado cuántico. Resultó comparable al de qubits fuera del régimen de acoplamiento ultrafuerte. Esto significa que los qubits híbridos semiconductor-superconductor pueden funcionar en un régimen extremo, donde las compuertas cuánticas se ejecutan más rápido y nuevos efectos quedan al alcance de los experimentos.
El acoplamiento ultrafuerte surge cuando la fuerza de interacción entre luz y materia alcanza una fracción notable de la frecuencia de la propia luz, como si dos péndulos unidos por un resorte oscilaran al unísono, pero con un ritmo distorsionado.
En la novela de Greg Egan «La ciudad de las permutaciones», los protagonistas viven en una simulación donde los estados cuánticos pueden reescribirse sobre la marcha; el acoplamiento ultrafuerte podría ser un paso de hardware hacia esa flexibilidad.