En el laboratorio se mide una señal muy débil, por ejemplo, un cambio diminuto en el campo magnético. El instrumento tiembla por los coches que pasan, por la respiración del experimentador, por el calentamiento de los cables. Ese ruido técnico no se puede eliminar por completo y limita la precisión. Un sensor común funciona como una balanza que se balancea con cualquier corriente de aire.
Ahora los físicos proponen otro tipo de sensor: uno inusual, con una estructura interna especial. Ese sensor amplifica la señal misma, no solo la mide. Una influencia débil provoca en él una respuesta fuerte, como si una presión ligera sobre una palanca moviera una puerta pesada. Por eso la señal útil crece tanto que el ruido técnico queda abajo, como la hierba bajo una flor alta.
Los autores lo comprobaron con cálculos, usando una medida estándar de precisión: la información de Fisher. Resultó que con ruido técnico realista, el sensor inusual realmente da una ventaja. No elimina el ruido, pero hace que la señal sea tan grande que el ruido deja de importar.
Este enfoque recuerda a una voz fuerte en una habitación ruidosa: el ruido no desaparece, pero la voz se oye claramente. En la práctica, esto significa que se pueden construir sensores que funcionen en condiciones ordinarias, no ideales.
El ruido técnico en el laboratorio suele ser más fuerte que las limitaciones cuánticas fundamentales, por lo que mejorar la relación señal/ruido da una mayor ventaja que perseguir una pureza ideal del experimento.