Una estrella masiva, 40 veces más pesada que el Sol, muere en fracciones de segundo. Su núcleo se comprime como un resorte que se aprieta demasiado y luego se endereza de golpe: eso es una explosión de supernova. Pero, ¿y si la estrella además gira, como un patinador que junta los brazos al cuerpo, y está atravesada por un campo magnético, como hilos invisibles? Los científicos simularon 34 de estos escenarios en una supercomputadora para entender cómo nacen los destellos más brillantes del universo.
En las simulaciones sin campo magnético, la explosión fracasó incluso con rotación rápida. Pero bastaba añadir un campo superior a 1,5×10¹² gauss (billones de veces más fuerte que un imán de nevera) para que la materia saliera disparada. Si además la estrella giraba rápido, el umbral bajaba: bastaba un campo más débil. En los casos más extremos, la explosión liberaba una energía cercana a 10⁵¹ ergios, suficiente para eclipsar por un instante todas las estrellas de una galaxia. Estos eventos se llaman hipernovas y probablemente generan los estallidos de rayos gamma largos: haces estrechos de radiación visibles desde el otro extremo del universo.
Las ondas gravitacionales, ondas en el espacio-tiempo, también contaron su historia. Su frecuencia depende principalmente de la velocidad de rotación de la estrella, mientras que la amplitud (la fuerza de la "onda") depende del tipo de explosión y del campo magnético. Esto significa que los futuros detectores podrán distinguir un chorro de una explosión normal mediante las ondas gravitacionales, incluso sin ver el destello en sí.
La energía de la hipernova más potente simulada alcanzó 10⁵¹ ergios en 250 milisegundos, más de lo que el Sol emitirá en toda su vida de 10 mil millones de años.
En la película 'Interstellar', los protagonistas observan una supernova, pero no hay chorros; en cambio, en la serie 'The Expanse', la protomolécula utiliza chorros similares para mover asteroides.