Por la noche, en una habitación oscura, el cuerpo humano brilla de forma apenas perceptible. Esta luz es tan débil que solo la captan instrumentos muy sensibles. Algunos científicos pensaron que ese brillo de la cabeza podría revelar la actividad cerebral, sin tomógrafos ni cables.
Pero la verificación mostró otra cosa. Cuando se midió la luz de la cabeza en condiciones realmente oscuras, resultó ser varias veces más débil que en experimentos anteriores. Esas señales brillantes eran simplemente reflejos de luz extraña que se filtraba en el instrumento. El brillo real de la cabeza casi en su totalidad se origina en la piel, no en las profundidades.
Por lo tanto, incluso si se captura una señal limpia de la cabeza, esta hablará de la piel, no de los pensamientos. Para buscar el brillo del cerebro en sí, se necesitan otras herramientas y una protección más cuidadosa contra el ruido. Por ahora, la «luz de la razón» sigue siendo una bella metáfora, no una magnitud medible.
El cuerpo humano realmente brilla: la piel emite aproximadamente 1000 fotones por segundo por centímetro cuadrado, mil veces más débil de lo que el ojo puede ver.