Un intérprete se distrae con cada ruido en la sala, y una reunión de una hora se convierte en dos. Algo parecido ocurre con las ondas gravitacionales: al atravesar el espacio vacío no pueden generar luz, porque las leyes de la naturaleza prohíben que un fotón se transforme en un gravitón. Pero si la luz se encierra en una caja metálica, las paredes cambian las reglas. Dentro de esa caja, una onda gravitacional puede poner en movimiento un par de fotones, como una ráfaga fuerte de viento hace oscilar un columpio.
Cuando el campo gravitacional se considera clásico, el número de fotones crece muy despacio. Con parámetros reales, en 2 segundos se genera menos de un fotón. Pero si se tiene en cuenta que la gravedad también es cuántica, el panorama cambia. Los gravitones son los cuantos del campo gravitacional, igual que los fotones son los cuantos de la luz. Los gravitones ceden energía a los fotones y ellos mismos se debilitan, por eso el crecimiento de los fotones se satura. Los fotones se entrelazan con los gravitones, y eso se puede medir. Si la pureza del estado fotónico disminuye, significa que la gravedad es realmente cuántica. Así, una caja de paredes metálicas se convierte en un instrumento para poner a prueba las leyes fundamentales de la naturaleza.
Con una deformación típica de la onda gravitacional de 10⁻²¹ y una frecuencia de 3.9 GHz, en el resonador hay alrededor de 10²⁴ gravitones, pero para generar un solo fotón habría que esperar 10¹² segundos, más que la edad del universo.
La idea de un resonador que convierte ondas gravitacionales en luz conecta con el concepto de «radio gravitacional» de la ciencia ficción, por ejemplo en la novela «Contacto» de Carl Sagan, donde una señal extraterrestre utiliza ondas gravitacionales para comunicarse.