Los monopolos magnéticos son como mitades de un imán que no pueden existir por separado en un material ordinario. Pero en el hielo de espín aparecen en pares, unidos por un hilo invisible: la cuerda de Dirac. Antes, estos monopolos solo se habían visto en sistemas artificiales a temperatura ambiente, pero su movimiento cuántico seguía siendo un misterio.
Ahora, los investigadores tomaron un recocedor cuántico —una máquina que resuelve problemas encontrando mínimos de energía— y lo convirtieron en un hielo de espín cuadrado programable. Cada cúbit se volvió un pequeño imán, y las conexiones entre ellos se ajustaron para reproducir la interacción dipolar. El resultado fue una red de más de 400 vértices donde los monopolos podían moverse libremente.
Este resultado demuestra que los recocedores cuánticos no solo resuelven problemas de optimización, sino que también pueden servir como laboratorio para estudiar cuasipartículas exóticas. En el futuro, esto ayudará a entender cómo surgen los fenómenos cuánticos colectivos en materiales complejos.
El hielo de espín debe su nombre a la similitud entre la disposición de los espines y la posición de los protones en el hielo de agua: allí también surge una frustración geométrica que impide que todos los pares de interacciones se satisfagan simultáneamente.
En la novela de Greg Egan 'La escalera de Schild', los físicos crean una nueva fase del vacío donde aparecen monopolos y partículas exóticas, algo parecido al hielo de espín cuántico programable, pero a escala cósmica.