El algoritmo de Shor para factorización y logaritmos discretos es críticamente importante, pero debido a la corrección cuántica de errores, su implementación se estimaba en millones de cúbits. Usando códigos de alta velocidad, instrucciones lógicas eficientes y diseño de circuitos, los autores muestran que bastan 10.000 cúbits atómicos reconfigurables. El aumento del número de cúbits acelera los cálculos: el logaritmo discreto en la curva P-256 podría llevar días con 26.000 cúbits, y RSA-2048, de 10 a 100 veces más tiempo. Experimentos con átomos neutros ya han confirmado operaciones tolerantes a fallos por debajo del umbral de error y matrices de cientos de cúbits, mientras que las trampas sostienen más de 6.000 cúbits coherentes. A pesar de las dificultades de ingeniería, el análisis apunta a la posibilidad de cálculos criptográficamente relevantes en esta plataforma, con perspectivas para la ciencia y la tecnología.
En lugar de millones de partículas rígidamente fijadas, 10 000 átomos que funcionan como fichas de un ábaco cuántico. Cada ficha puede ser cero y uno simultáneamente. Pero lo crucial: si en el cálculo se cuela un error, los átomos se pueden mover físicamente: como reconfigurar el ábaco sobre la marcha para que el fallo no estropee el resultado. Ese truco lo realizan pinzas láser guiadas por la espectroscopía, el arte de analizar la luz. Códigos especiales frenan la entropía (el desorden creciente), y el algoritmo ideado por Peter Shor en 1994 se vuelve de pronto práctico: descifrar RSA-2048 es cuestión de días. Los físicos ya son capaces de capturar miles de átomos y realizar operaciones sin errores sobre ellos, todo gracias a la comprensión de las leyes del micromundo.
🎯 10 000 átomos es aproximadamente la cantidad que cabe en la punta de una aguja si se alinean formando una cadena.
🎬 La amenaza del descifrado cuántico flota desde las páginas de la ciencia ficción: ya en la novela 'El ladrón cuántico' de Hannu Rajaniemi se describía un escenario similar.