Todo comenzó con diminutos centelleos cuánticos sobre el lienzo primigenio. La inflación — la expansión vertiginosa propuesta por Alan Guth — estiró esas pinceladas hasta el tamaño de las galaxias. Durante mucho tiempo se creyó que la pintura se había secado: la interacción con el horizonte cosmológico (la frontera del universo visible) destruye la borrosidad cuántica y genera entropía (una medida del desorden). El cuadro se volvía clásico y predecible.
Pero una hipótesis reciente plantea que las pinceladas nunca llegaron a secarse del todo: pudo sobrevivir una borrosidad cuántica relicta. Para distinguirla, Andréi Linde y otros teóricos, incluido Stephen Hawking, recurren a la función de Wigner, un escáner sensible que detecta dónde la pintura aún no se ha secado. Un giro inesperado: esta herramienta, ideada en 1932 para partículas individuales, puede arrojar valores negativos, un absurdo para una instantánea común, pero una señal inequívoca de cuanticidad superviviente.
La función de Wigner, propuesta en 1932 para describir partículas individuales, hoy ayuda a asomarse a los primeros instantes de todo el universo.